38. Calientes.
Treinta grados de temperatura dan para muy poco. Nadie está en disposición de exigir nada a otra persona con tal cantidad de Celsius sobre la cabeza. Salvo que la exigencia sea untar un poco de crema solar. Y tampoco. El hecho, si realmente es tal, de que la tierra se caliente es una faena. Unos dicen que dentro de 100 años la temperatura media se elevará entre uno y dos grados. Otros que el calentón será de entre seis y ocho. También los hay que niegan tal fenómeno.
No es descabellado pensar que si diversas personas y organizaciones alertan continuamente de esta situación no es por capricho. O sea, generar miedo gratuitamente no me parece la pretensión de quienes intentan poner freno al supuesto hervidero en que se está convirtiendo este planeta. Dirán que no están generando miedo, sino advirtiendo de un peligro, que no es lo mismo. Pero es igual, porque si la realidad es tal, miedo da, y un rato. En el otro extremo, quienes niegan, curiosamente expertos en la transmisión de miedo por conducción, convección y radiación. Vaya, el acojone y el calor comparten mecanismos de difusión. Pero no son los únicos en compartir: los activistas de uno y otro lado se encuentran en el mismo silo: el del trigo poco limpio. Unos porque sin saber de lo que hablan ejercen un apostolado simplón y manipulador , y los otros porque son una pandilla de cuatreros profesionales.
El pobre cambio climático, culpa que tendrá él, ya sea en cuerpo presente o como entelequia: que si existe, malo, y si no existe, bueno. Como si hubiera pedido nacer en este planeta.
Afirmo redundante y rotundamente que el calentamiento global del globo es un hecho cierto. La demostración reside en cómo la subida continua y constante de temperatura ha afectado a las cabezas humanas en general y a los encéfalos que las rellenan en particular. Así es, cada vez menos sólidos, cada vez más líquidos.
De los terribles efectos provocados por el caldeo de los cerebros nadie está a salvo. Quienes queden sensatos no querrán poner su mente al sol.
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